sábado, 22 de noviembre de 2008

Ah! El amor...

Ese gran genio que es Tim Burton tiene un opúsculo llamado "La melancólica muerte de Chico Ostra". Una delicia de poemas acompañados por unos dibujos delirantes. Aquí va uno:

Palillo y Cerilla enamorados

Palillo quería a Cerilla
con un amor muy vehemente.
Amaba su delgadez
que veía muy ardiente.

Entre palillo y cerilla
¿puede arder una pasión?
Así fue. Y en un segundo
ella lo volvió carbón.


Stick Boy and Match Girl in Love

Stick Boy liked Match Girl,
he liked her a lot.
He liked her cute figure,
he thought she was hot.

But could a flame ever burn
for a match and a stick?
It did quite literally;
he burned up pretty quick




Y como el amor es un temazo, también quiero regalarlos este carta q m manda Itziar y habla de finales dignos. ¿Entendeis por qué la quiero? Y esto no es amor romántico!!

Una no está para vinos malos

Esta es una de esas cartas que nunca llegan a enviarse.

Buscaba un lápiz y he descubierto aquel cuaderno con hojas garabateadas por ti y con hojas blancas. Lo peor son las hojas blancas, exhiben su vacío que es hermano de tu pérdida. Mejor no leo, no escribo, no pienso esta noche. Me escondo entre mis sábanas inerte, crionizada hasta que algún amanecer venidero me despierte y te haya olvidado. La mitad occidental de mi cama es un continente gélido devastado por tu ausencia.

Casi sin darme cuenta estoy otra vez llorando. Ahora ya no me abate tanto la certeza de haberte perdido como mi propia desolación. Hace tan sólo un mes estaba tan contenta… Decido levantarme, todavía son las diez y media. No quiero abandonarme a la autocompasión toda la noche. Me asomo a la cocina y levanto la tapa de un puchero en el que no recuerdo haber guisado ayer ni hoy y en el caldo verdoso emerge mi rostro abotargado por el llanto. No sé porque me río de mi reflejo lánguido, la condición de abandonada es como una ruleta rusa: una no tiene ni idea de cómo va a reaccionar su ánimo ante los estímulos más triviales.

De pronto tengo hambre: quedan diez minutos para que cierren los ultramarinos. Me lanzo escaleras abajo. La calle me sorprende ajena a mi desdicha: bulliciosa, rápida, superpoblada. Me siento una zombie que abandona sigilosa su guarida en busca de provisiones un viernes por la noche. Los pakistaníes que regentan la tienda me reciben con su amable discreción de siempre, no parecen tener prisa después de doce horas sentados al otro lado del mostrador. Estrellitas de pasta para la sopa y una botella de El Coto. Una no está para vinos malos.

Regreso a casa animada por el leve contacto con un mundo que sigue su curso. Sé que el desamor hay que pasarlo, igual que los catarros. Sacar los recuerdos como mocos adheridos a las vías de aire para que vuelvan a ventilarse las entrañas, toser la pena, abrigar el pecho añorante, sudar el venenoso sentimiento de fracaso. Después de todo, no es la primera ruptura de mi vida, ni será la última.

Alcanzo el cuarto piso casi sonriente. Los gatos se arriman a la puerta y me siguen conspiradores. Por un momento creo descubrir en su interés repentino cierta voluntad de consuelo. Ahora maúllan y me miran insistentes.

-Qué sí, que os echo comida. Estos cabrones sólo se dan pena de si mismos.

Mi voz suena intrusa. Descorcho la botella y libero su flujo granate en una copa tan desparejada como yo, esta noche tampoco estoy para vasos de duralex. Brindo con tu fantasma.

Mientras se calienta el caldo de verduras, pienso en llamar a mis mejores amigas para darles la paliza otro ratito y asegurar a dios y al cielo que estoy mejor. La primera no contesta, la segunda tampoco, la tercera no es ella sino su compañera de piso que debe andar también exiliada en su casa un viernes por la noche. Las dos comentamos lo bien que se está con una misma mientras la ciudad se aboca al desmadre. Esta claro: este duelo me toca transitarlo sola.

Al colgar el teléfono una aguja despiadada se me hunde en la boca del estómago: tú ya no volverás a estar al otro lado.

La sopa hierve con estrellas, un huevo huerfanito rescatado de la nevera, sal, pimienta, comino y albahaca. Tres lágrimas traicioneras se diluyen en la olla, me sorberé mi propia pena.

Descarto atontarme con algún programa de cotilleos, esta noche no estoy para el despelleje propio ni ajeno. Busco en el dial algo balsámico, sin ruido. Agradezco a las diosas que todavía se emitan programas de música clásica, a esta hora extraviada. Para mi suerte, suena Purcell.

Coloco mi trono en mitad de la sala: a mi derecha, la tele oscura e inofensiva y enfrente mía, el sofá despoblado. La estufa encendida cierra el círculo de mi baluarte. Sentada sobre una manta en el suelo inicio una cena que tiene algo de ceremonia. Me bendigo a mi misma.

Tengo los ojos relajados por el llanto y me dejo mecer por esta tristeza, por esta soledad de la que ya no es única responsable tu ausencia… su ausencia. Ahora soy yo mi interlocutora. En mi abandono ya no cabe nadie.

La sopa y el vino me han infundido su tibieza, la serena despedida a la reina Mary me alcanza trescientos años después. A esta hora bruja la ruptura no es desgarro, es reencuentro.

Tanto líquido aprieta en mi vejiga, me acerco sigilosa al baño para no quebrar el hechizo. El espejo de marco dorado que lleva casi seis años dando tumbos conmigo me devuelve sosegada. El polvo que crece en su piel de plata difumina mis rasgos. Me sonrío. Pienso que después de todo, nos hacen un favor al echarnos de un trabajo o de un amor. Al final saldré ganando. Siempre es mejor lo que sucede.

Me acuesto conmigo misma embriagada. Ahora sé que me vencerá el sueño.

1 comentario:

ITU dijo...

ke buena es la Itzi, que buena
...me ha encantado la carta

muz guapa