martes, 23 de diciembre de 2008

Feliz año nuevo!!

Un día la Itzi le dijo al Maro, reflexionando sobre mi viaje a Argentina el verano pasado: "no sabemos nada sobre de dónde viene la Helen...". Esta verdad antes me pesaba, ahora no la recuerdo. Pero acabo de encontrar estas fotos de aquel infortunado viaje y me atrevo a abriros las ventanas de aquel paraíso perdido.

Sí, nenas, en este patio (hoy muy desmejorado) vuestra zorra suprema se estiraba en la hamaca a admirar las estrellas desde el sur de la vía Lactea con su primera "novia" - quien fue la pionera en el descubrimiento de mi zorrisupremismo cuando me dijo: "eres novia de todas menos de tu novia".



Esto es lo que se ve por la ventana de la cocina: los árboles son centenarios, igual que los molinos, la casa y la gente... El cielo es inconmensurable, la vista no encuentra límites cercanos...

Queda así bastante claro de dónde viene mi temprana convicción de que los humanos no somos tan importantes... Pero en vez de dárseme por la veneración religiosa, se me dio por el hedonismo extremo.. ¿Qué más iba a hacer entre tanto nada-por-hacer-y-todo-para-ver?





Este es "mi árbol". Allí me entrené en la subida a las alturas que tan útil me sería luego en mis primeros viajes de éxtasis: no ir más allá de donde te sostienen las piernas, pero si las tienes fuertes y no tienes miedo, puedes ver el mundo desde arriba, arropada por las hojas, y flipar... También aprendí que lo más difícil es bajar del árbol.







Esta foto la saqué un día de lluvia... ¿Bonita, no?

Pero como todo desierto, puede volverte loca... Los franceses llamaban "bautismo de soledad" al desierto.






En mi vasto páramo entrerriano, rodeada de perros, caballos y gauchos de piel curtida, aprendí to fuck the pain away (mandar a la mierda al dolor) abrazada a "mis vidas": dos perros pastores italianos de pura raza, regalo de un amigo del cónsul italiando que se los había dado porque no sabía dónde carajo meterlos. Los pobres eran como dos elefantes en la sala de estar, con tanto pelo en medio de un calor subtropical que les volvía majaras, tan blancos en medio del barro, tan dignos entre los pastores alemanes.
Con ellos aprendí, entre otras muchas cosas, que las princesas exiliadas han de sacarse la corona cuando les toca cagar en una letrina. La hembra acabó siendo jefa de una jauría de cimarrones que salía a matar ovejas a la luz de luna hasta que la sacrificaron; el macho, que nunca se apareó con ninguna hembra, fue atacado por el resto de la manada, que nunca lo aceptó. Como yo no estaba nadie pudo acercársele para curarlo, y acabó muriendo de una aseptisemia. La foto es de 1980.


Allí, a la vuelta de la esquina del culo del mundo, sin tele ni teléfonos, descubrí el valor de la palabra impresa para abrirme puertas a mundos invisibles; me hice millones de pajas mientras leía todas las novelas de Simenon y me imaginaba andando misteriosa por las calles de París, y cuando las había acabado de leer a todas volvía a comenzar, mientras me ejercitaba en el arte del engaño haciendo ver que no recordaba quién era el asesino, cuáles eran sus razones, dónde estaba el misterio...


Así me iba a comprar el pan cuando llovía y los caminos se hacían impractibles (aunque en esta foto tenía 10 años, y obviamente, no llovía)
Así comencé a andar los caminos del alcohol, ya que la panaderia era el único lugar de reunión social, es decir, el bar. Allí se reunían los hombres a beber y jugar al truco, y a mí, como era "la hija de Torres", la de la ciudad, la rara, se me permitía sentarme a emborracharme con ellos mientras les hacía todas las trampas que podía. Nunca se me cobraba por la bebida: mi padre era una persona venerada por su generosidad. Mientras, las mujeres se escondían en la cocina y se morían de risa de mí. Siempre decían, a carcajadas: "Está loca esta Helena".
Una vez, en un pueblo perdido del desierto magrebí, las mujeres de la casa donde habíamos sido invitados a tomar el té me hicieron revivir esos momentos: ellas se llevaron a mi hijo en volandas, llorando espantado entre sus chillidos incomprensibles, y me dejaron hablando con los hombres, porque era la única que hablaba francés, mientras ellas preparaban el té.

Estos eran algunos de mis compañeros de juego y copas. El domingo charlábamos con Sara y Floyd sobre la tradición de enlazar a terneras y terneros para vacunarles, castrarlos y marcarlos. Los hombres han de separar al animal del grupo, cazarlo con una cuerda que revolean sobre su cabeza e intentar enlazar las patas del animal mientras corre. Los perros ayudan, por supuesto.


Cuando estuve otra vez allí el año pasado, me contaron que todo eso ya no existe: ya no hay bar ni panaderia ni parroquianos ni tradiciones compartidas. Al pan lo traen en camioneta una vez por semana a los cuatro locos que no se han ido todavía y que no tienen vehículo. El neoliberalismo se lo llevó todo. La obsesión por la soja que alimenta los vientres europeos ha arruinado la tierra y maquinizado tanto el proceso de producción que la gente se fue a la ciudad a aumentar la población de las villas miseria (fabelas argentinas). Todo el mundo tiene móvil y televisión, pero los caminos son igual de intransitables y las escuelas paupérrimas. Escuché a alguien decir: "yo a esto de internec no lo entiendo, che". ¿Progreso? jejeje...


Bueno neeenas: todas sabemos que es más difícil abrir la puerta de las emociones que abrirse de piernas. Así que tomaros esta entrada como un regalo de Año Nuevo: mi pequeño baul de los recuerdos pa vosotras, con mucho amor.

3 comentarios:

Lubna Horizontal dijo...

Nena, este es un regalo estupendo, muchas gracias, amazona salvaje!

Un beso cálido como el desierto
Diana

ITU dijo...

mmmmmmm que gozada, me encantan las historias, sobre toda las de verdad...que bueno que te haya dado por compartir....
un muxu enorme

ex_dones dijo...

lo mismo digo que las perras de arriba, qué bueno leer tu historia, de algún lugar mítico y cochambroso tenías que venir...
a mi me encantan los desiertos, será porque me crié en una ciudad industrial rodeada de montes verdes fosforito donde no paraba de llover ni un puto día...
muuuuuuuuuuaks

itziar