viernes, 13 de marzo de 2009

In Memorian


Hace muchos, muchos años, en un lejano reino de cuyo nombre ya no me acuerdo, la Reina de las Nieves, esa seductora heroína, gobernaba despóticamente un cuerpo humano. Ella se erigía imponente sobre la voluntad contaminada del despojo en que el hombre se había convertido por su amor.



Como siempre pasa en estas historias, el páramo acabó reemplazando la llanura. El aire gélido de la Reina de las Nieves congeló para siempre el corazón, los riñones, el hígado y finalmente, el propio cerebro del hombre. Este acabó muriendo abandonado en una celda, olvidado por su gente y su tiempo. Y la Gran Protagonista buscó otra víctima para cargar en su carruaje tirado por los Camellos, emisarios del Infierno Blanco.





Lo único que queda de esta historia es una carta escrita por una mano casi anónima, olvidada en un buzón oscuro de una ciudad perdida. Dicen que el hombre la leyó antes de morir y, por primera vez en mucho tiempo, lloró. Lloró mucho, pero no tanto como para que sus lágrimas quebraran el hielo de su corazón. Pintó su último cuadro, se tiró en el catre y, entre temblores y aullidos, se fue solo y para siempre.



Lo último que adivinaron sus pupilas gastadas fue un pedacito de cielo que asomaba por entre los barrotes de su celda.





Esta es la carta:

Hundirse en el horror y la secreta satisfacción de la pérdida.

Ya no beso aquella angustia de tocarte y no tenerte,
mis torpes dedos ya no se mueven ansiosos por provocarte urgencia de mí,
ni saboreo la tristeza de la sábana seca
y la húmeda almohada.

Se ha silenciado la insostenible voz
que anunciaba las noticias
– las 3 AM, otra vez las 3 –,
y más tarde el tiempo
– cristales en tu frente porque tu cuerpo olvidaba
la fragilidad del frío.

Pasos rápidos, huidizos.
Piel escamada.
Voz gangosa,
pesada como tus párpados que no acaban nunca de caer
y aplastar ese resto de conciencia que te tortura
dando un último sentido a tu no-ser.

Perverso placer de saberse vulnerable pero único;
inútil por ignorancia de la utilidad;
orgulloso al fin,
porque la felicidad es un hermoso pez huidizo
pero el dolor,
inmenso y poderoso como cien generales en batalla.

Tus máscaras han transformado tu rostro adhiriéndose a tu piel.
Ya te pertenecen las salvajes miradas
exorcizadas en aquellos óleos que tanto admirabas.


Que tu alma moribunda no fatigue el deseo
en busca del dolor:
está sentado como un rey victorioso
sobre tu cuerpo vencido.




(Para un amigo que tuvo la mala suerte de que no se lo llevara una sobredosis y murió encarcelado por una sociedad que hacía años le había condenado a la muerte más triste: la de la soledad del alma)

2 comentarios:

Lubna Horizontal dijo...

Buffffffff, vaya poemazo que te has marcado querida... me has emocionado mucho, hacía tiempo que no leía un poema así, debe ser tuyo muy tuyo.

te admiro y te adoro
Diana

Helen dijo...

pues si, nena,mio muy mio...


jo, el ser tan perra me ha hecho perderme hoy a las perras k sois!!! mi cuerpo se rindió y me mantuvo en la cama hasta las 8pm....ayer fue una dia/noche muy intenso... y ya no llegue pa mas!!

nos vemos pronto

besakos