viernes, 17 de abril de 2009

La vida instrucciones de uso

Cenando hoy con un viejo y preciado amigo, supe - una vez más - que recorrí mucho más de diez mil quilómetros hasta llegar aquí.


De alguna manera, inevitablemente, la distancia se hace más larga cuando no sabes con certeza dónde es "aquí".


A veces, "aquí" es esa canción (Triangle Walks) en forma de ondas que te atraviesan, una cervecita fria que rueda por la garganta, la piel que recuerda... Otras, un alquiler, un trabajo, el metro, el vecino, esa sempiterna guerra invisible... Y qué bonito cuando es una cena, la manada, un sueño...


Pero el "aquí" más difícil de tragar es el de la distancia: ese estar que no está, esa nostalgia de lo que no fue, la pérdida de lo que pudo haber sido. Pero no el deseo, no. Más bien cierta nostalgia, un ya-no-hay-aquí que contamina, aleja, diluye, volatiliza y hace libre a la vez que dispersa.


Estos devaneos me llevan a la historia del antrópologo soñada por Georges Perec, que se pierde en una "tribu centro-africana" con un pueblo que le rechaza de tal manera que, para perderle, se interna cada vez más hacia dentro de la jungla hasta casi morir de hambre, soportando todo tipo de calamidades con tal de alejar al intruso.







Georges Perec
El antropólogo incomprendido acaba él mismo enfermo de hambre y dolor. Sus últimas anotaciones africanas confiesan:


"(...) había querido llegar hasta los confines del universo salvaje; ¿no colmaba acaso mi deseo el verme entre aquellas amables criaturas, a las que nadie había visto antes y a las que quizá nadie viera después? Al término de una búsqueda exaltante, allí estaban mis salvajes; sólo anhelaba ser uno de ellos, compartir sus días, sus penas, sus ritos. Pero, ¡ay!, no me querían ellos a mí, no estaban en modo alguno dispuestos a enseñarme sus costumbres y creencias. No les importaban los presentes que depositaba a sus pies, no les importaba la ayuda que creía poder darles. Por mi culpa abandonaban sus poblados; sólo para desengañarme, para convencerme de que era inútil que me empeñara, escogian tierras cada vez más hostiles, se imponían condiciones de vida cada vez más terribles, queriéndome demostrar que preferian enfrentarse con los tigres y los volcanes, los pantanos, las brumas irrespirables, los elefantes, las arañas mortíferas antes que con los hombres. Creo conocer bastante el dolor físico. Pero lo peor es sentir que se muere el alma..."




A veces siento que algunas personas hacemos el camino inverso: desde el fondo de la jungla, intentamos incursionar en poblados perdidos, aunque sea para abrir un cajón olvidado, hasta que nos topamos con el Hombre (blanco, heteropatriarcal, etnógrafo de la a-normalidad), tan ciego y sordo como su condición requiere. Aunque se le muera el alma.


Y entre tanto deambular, el "aquí" se nos queda en una cama amable, una noche cálida, un rito secreto. Y acabamos prefiriendo brumas irrespirables a antropólogos incomprendidos.

3 comentarios:

Puta y Kilombera dijo...

soy la perraka que maulla la perraka trans
miau
besos guapa
odio a spivak porque habla butler con ella?

Helen dijo...

porque el mundo son conexiones... siempre mejor hablar que matar, total, hablar mata mas fuerte..

Anarco Cerda Sudaka dijo...

pienso que sigo siendo puta y kilombera
es decir petarda traducido al colonialismo
kilombera me gusta mas porque kilombo es una palabra africana que en lunfardo vos sabes designa una casa de putas
pienso que butler puede tener a las amigas que quiera
todas podemos querer a las amigas que queremos pero eso no las hara brillantes
y pienso algunas deberian callar o morir que es lo mismo