viernes, 26 de junio de 2009

La muerte no sabe esperar



Aprendí antes a disparar un arma que a lavarme el coño.

En mi casa, las armas se guardaban
en un paragüero al lado de la puerta de entrada.

A los doce años
sabía perfectamente la diferencia entre una carabina
(con la que practicábamos tiro a la hora de la siesta);
una escopeta
(a las que limpiábamos, cargábamos y portábamos durante las cacerías de otoño);
y un revólver 22
(que sólo se nos permitía admirar y saber dónde esconderlo,
ya que era el arma reservada contra los humanos.
Recuerdo el placer que nos invadía cuando entrábamos,
sigilosa y secretamente,
a la habitación del cajón prohibido
para tocar el nácar de aquella culata salvadora).

Cuando estoy dolida o cabreada
(que no es lo mismo pero es igual),
me imagino con una carabina bien apoyada en el hombro firme,
sosteniendo la violencia de la vida,
apuntando hacia la muerte inoportuna,
y me siento libre.

Sé que todos moriremos,
inclusive la Muerte morirá;
sé que hay muchos tipos de muerte,
que la gran muerte de crespón negro
y majestuosa estampa
no es más que un grabado
impregnado de tequila.

Que la pequeña muerte
es el pan nuestro de cada día.

Pero necesito sentirme armada
frente al paisaje desolado de la desaparición física.

Y,
como tantas veces,
la contradicción me lleva a buen puerto,
ya que es mi propia imagen armada cual amazona
la que me ayuda a atravesar
el desierto de la muerte.

Alguna ventaja tenía que tener haberse críado en el culo del mundo!!

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