viernes, 3 de julio de 2009

On the road

Hace dos meses, mi novela decidió detenerse en un recodo del camino. Y descansar.

Supe que debía aguardar hasta que le volviera el aliento, hasta que el aire regresara a sus pulmones cansados.

Hasta que hace un par días, después de un nuevo aluvión de muerte, supe que el cielo había vuelto a caer sobre mi cabeza. Era el momento para celebrar la vida, la ocasión de ese ansiado brindis por la creación.

Y ayer comenzaron nuevamente las palabras a surgir desordenadas, ansiosas, liberadoras.

Hoy, respetando un rito que inicié cuando acometí la loca empresa de traducir a la Haraway, me levanté media hora después del amanecer para encontrarme con esa soledad abierta que nos regala la mañana. Y, en el mismo instante en que me senté a escribir, supe dónde tenía que ir a buscar, y porqué había tenido que esperar.

David Mamet lo explica mejor que yo, cuando dice que los tres principios fundamentales de la dramaturgia son unidad, sencillez y honestidad, y que los arrinconamos en cuanto nos conducen a un sitio desagradable:

"Cada vez que un actor se desvía del hilo conductor de una obra para conquistar aplausos - por pereza o porque no se ha tomado la molestia de averiguar cómo ese momento difícil expresa el hilo conductor -, crea en sí mismo un hábito de torpeza moral. Y la obra, que es una estricta lección de ética, queda desmentida."

Y como la cobardía sólo genera cobardía, la creación, que no se entiende nada bien con la torpeza moral, se aparta a un rincón tranquilo. Y espera...

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