miércoles, 8 de julio de 2009

Yo no me mojo


_ Uf! ¿Cuándo dejará de llover?, preguntó él, en un dejo de desusada esperanza.

_ Estamos aquí, adentro no hay humedad -sostuvo ella, intentando, incansablemente, cambiar los puntos de vista.

_ ¿Crees estar a salvo, no?-le espetó él-. ¡Vamos!, tápate bien, no vayas a tener frío -casi gritó, marcando la ironía con gestos abruptos, extendiendo la manta sobre el cuerpo de ella, reclinada sobre el asiento del tren.

_ Habrá dejado de llover cuando lleguemos -replicó ella, apoyando las manos sobre la ventanilla helada-. No lloverá eternamente.

_ Me das lástima… No te das cuenta de que siempre llueve, ayer, hoy y... -pero su voz se ocultó detrás del estruendo de un trueno.

_ Cuéntame una historia -suplicó ella.

_ ¿Sabes la del viejo que construyó un bote inmenso y comenzó a llenarlo de animales?

_ Venga, por favor, cuéntame una historia -insistió ella.

_ Te cuento. Uno, dos, tres, cuatro… mil y una gotas de lluvia.

_ Cuando lleguemos conocerás a mis amigos. Caroline te encantará. ¡Podríamos viajar juntos!

_ La lluvia cae igual en todas partes… ¿qué más da?

_ Su marido, el de Caroline digo, también es fotógrafo. Han recorrido casi todo el mundo.

_ Está entrando agua -dijo él, incorporándose y reclinando su cuerpo sobre el de ella, hasta alcanzar la ventanilla con sus manos.

_ Algunas noches nos reunimos en su casa y pasamos diapositivas de sus viajes… Tailandia, Indonesia, China, Japón… ¡Todo tan exótico!

Él seguía maniobrando con la ventanilla, pero el agua no dejaba de entrar por entre las hendijas.

_ Me encanta esa pareja… a mí también me gustaría estar constantemente viajando, descubriendo sitios nuevos…

_ Este tren es una mierda.

_… ¿Te imaginas que guapo, vivir así? Yendo de un lado al otro, conociendo gente diferente, aprendiendo… ¡¡Ah!! ¿¡Qué coño pasa?! -chilló de repente ella, saltando hacia delante con gestos desesperados mientras el agua entraba en cascada por la ventanilla abierta, y el agua helada la invadía, congelando sus palabras-. ¿Pero qué haces? -le interpeló a gritos.

_ Todos sois iguales -respondió él, reclinado en su asiento, dejando que el agua salpicara su indiferencia-. No sabéis lo que es la lluvia hasta que el agua no os cala los huesos. Ya puedes seguir explicándome esa historia de tu amiga.

_ Mierda de lluvia –terció ella, mientras intentaba vanamente de secarse la ropa empapada.

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