lunes, 17 de agosto de 2009

Del amor, la traición y otros infiernos

Jorge Luis Borges estaba enamorado de Estela Canto. A pesar de su destreza literaria, el hombre no se sentía muy capacitado para las artes amatorias. Quizás porque no quería rebajarse a un sentimiento tan humano, tan poco divino. Quizás por el pavor que le ocasionaba mostrarse desnudo ante otro ser humano. O tal vez en un intento de escapar a los tortuosos caminos de la traición a las que, muchas veces, el amor nos lleva.

En una de sus últimas cartas a Estela, Borges escribió:

"Querida Estela. (...) me repites que puedo estar contigo. Si ello es obra de tu amor, sería mucho; si es un efecto de tu cortesía o de tu piedad, por decencia, no puedo aceptarlo. Amar o incluso salvar a un ser humano es un trabajo a tiempo completo y difícilmente puede, creo, sobrellevarse con éxito sólo en los ratos libres. Pero, ¿a qué traficar en reproches, que son mercancía del Infierno?"


Yo nunca he tenido tanta prudencia como Borges. Así es como dejo la literatura para los ratos libres, y el amor ocupa mi tiempo completo. A pesar de que ello me rebaje a la condición de humana, y deje mis entrañas al descubierto para que me descuartice cualquier amante o amiga con afanes de improvisada cirujana.

Desafortunadamente, eso me lleva algunas veces a transitar con tristeza los caminos de regreso de la traición, que son los que vengo desandando desde hace un par de meses. Concretamente, desde que mi mejor amiga, mi hermana del alma, decidió que yo era incapaz de haber sido víctima de una situación de violencia a manos de (o mejor, a portazos y gritos de) su pareja, y me quitó la palabra, dejándome sin siquiera la posibilidad de expresarme, poniéndome en el lugar de la mujer que debe demostrar científicamente que ha sido violada porque su mera denuncia no basta.

Ella, que siempre había defendido que las relaciones de amistad debían estar por encima de las de pareja y, sobre todo, que no hay situación de violencia que sea justificable, hizo sus maletas con sus consejos y saberes y se fue dando un portazo que clausuró mi capacidad de entender muchas cosas. La más obvia, qué carajo es el amor. La segunda, que mierda significa la lealtad. La tercera, cuándo nos pondremos de acuerdo sobre qué es violencia y qué hemos de hacer en esas situaciones.

Hoy me siento capaz de escribir este vómito aletargado porque, afortunadamente, las respuestas me han ido llegando poco a poco y encarnadas en personas y acciones que me demuestran que Borges era, además de un gran escritor, un hombre muy cobarde. Y, como dijo el gran Silvio,

"La cobardía es asunto de los hombres / no de los amantes. / Los amores cobardes no llegan a amores ni a historias / se quedan allí. / Ni el recuerdo los puede salvar / ni el mejor orador conjugar./

Gracias a muchas personas, sudores y fluídos, puedo decir que casi voy llegando al final de ese camino de vuelta. Porque, volviendo a Borges, "¿A qué traficar en reproches, que son mercancía del Infierno?". Ya bastante infierno nos sirven en la mesa la política y la miseria. Y a esta altura del partido, casi prefiero comer crudo que quemarme la lengua.

Y va una lágrima con estas palabras de despedida, porque aunque nos hayan traicionado, cuando hemos amado no podemos cambiar jamás ese sentimiento de dulzura y comunión que aquella persona nos inspiraba. Y ojalá estas lágrimas, invisibles para quienes leen pero como ásperas piedras para mis mejillas, sirvan algún día para abrir una puerta de regreso a aquel lugar ahora perdido.

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