jueves, 27 de agosto de 2009

Las vueltas de la Historia


Torre del Holocausto, Museo Judío de Berlín


En la casa del campo de mis padres había un sótano muy húmedo. A mí me encantaba por dos motivos: porque en verano poníamos encima de las rejas que lo tapaban una alfombra y podíamos sobrellevar el calor subtropical del mediodía, y porque por las noches me imaginaba que era el refugio en el que nos escondíamos si venían las botas en plena oscuridad. Así, gracias al sótano, lograba pasar el infierno de la tarde y me dormía a salvo de la represión.

Hoy entré a la Torre del Holocausto en el Museo Judío de Berlín y casi me da un ataque de angustia. Cuando la puerta de hierro gris se cerró detrás mío y me vi encerrada en una habitación ínfima con paredes altas como trolles, con una luz ínfima y escuchando las voces apagadas del exterior, sentí que me faltaba el aire y que tenía que huir. Salí de allí con las lágrimas saltando sin control, buscando un lugar amable que me explicara lo que no quería saber.

Pensé muchas cosas. Entre otras, qué bueno el arquitecto, cuánto habrá costado recrear estas emociones, qué horrible puede llegar a ser la humanidad.. Pero sobre todo, qué fuerte que mi propia experiencia de exilio y exclusión conecte con la de cualquier otro humano que haya vivido lo mismo: sensación de pérdida, desorientación, angustia, aturdimiento, vivir la inmaterialidad de la materia y llevar esta sensación al extremo.



Luego me compré una novela de Octavia Butler, Fledging, en la que el personaje principal es una vampira negra. La figura del vampiro es mi pasión. En la Edad Media, la población judía era asimilada a la figura del vampiro: fuera de la ley, residentes extramuros, excluídos de las profesiones más respetadas, se les acusaba de haber traído la peste que asoló Europa a principios del medioevo. El judío errante era un chupasangre: habitante de lo nocturno, personaje oscuro y detestable, se le acusaba de robar infantes para chuparles la sangre.

Las vueltas que da la Historia son tan macabras... En la actualidad, la población judía dista mucho de aquella que fue en esos tiempos, hoy los personajes que ocupan su lugar son bien diferentes... La anormalidad ha cambiado de contenido, pero las prácticas contra lo situado más allá de los muros de lo normalmente aceptable se asemejan tanto que no me extranya que casi pierdo el aliento en esa torre de horror. Mi sensación fue la de la criatura que siente que la han descubierto... Y me sentí otra vez en aquella cama inmensa en la que dormía de pequenya, escondiéndome de las amenazas que no entendía, acunándome en la oscuridad de la barbarie...

Pero lo que más triste me puso fue que mi hijo, 13 anyos y criado en esta garca europa, no sintiera ni entendiera absolutamente nada de lo que me estaba pasando... Como la descendencia de aquel pueblo judío que creció más allá de la barbarie, entre el rencor y el orgullo, hasta transformarse en el mismo monstruo que les masacró y humilló durante siglos.

Y una última acotación: Karl Marx (de quien mi hijo nunca había escuchado hablar), de familia judía, decía que la historia siempre se repite: la primera vez como tragedia, la segunda vez como farsa. Yo lucho incansablemente porque mi descendencia -y no me refiero sólo a la de sangre - sepa de dónde viene, cómo ha llegado hasta aquí, y cuál es su deuda con el presente y el porvenir.

Sé que la farsa me pisa muchas veces los talones, pero, aunque aturda a la adolescencia que me rodea con mis historias de vieja loca, no pararé de gritar esta frase de la Torah: "Nunca juzgues a nadie sin haberte puesto antes en su lugar."

3 comentarios:

Lubna Horizontal dijo...

tu hijo nena, con semejante madre, sabra siempre de donde viene y adonde va. eso esta claro.

un beso desde venezia
Diana

anonimo dijo...

Rosa Mota ha vivido cuasi más de un siglo. Más de la mitad en una casa bunker, en el Alto de la Madre de Dios. A los domingos después de comer, me llevaba ahí mi padre, a pasar la tarde con su tía abuela. Era una afamada mujer mala, medio bruja, loca y sola. Me explicó un dia que estaba algo cuerda que los judios habian llegado a la isla escondidos en baúles de madera, en barcos de transporte de mercancia. Ya no me acuerdo como he conocido a su hijo que se había escapado como tantos otros a las Américas, no recuerdo bien si se llamaba Amâncio o Amando Mota. A quien hoy tan bien recuerdo es a Rosa Mota en aquel oscuro bunker subiendo unos 80 escalones ( era tan larga esa escalera que cuando era niño me entretenía contando escalones) para que yo llenara garrafales de agua en una fuente. Mi tita Rosa entró en ese bunker a mediados de la II guerra mundial, cuando las bases militares americanas se instalaran en las Azores y ahí se cargaban de combustible los aviones que iban cargados de misiles que llovían en los cielos de Berlín. Cuando la sacaran d aquella tumba, pataleaba , babeaba, lloraba y gritaba: los rusos ! los rusos!
Yo por aquello entonces, tal como tu hijo, no entendía el porque de todo aquello espanto y quienes eran eses rusos. Hoy es domingo, después de leer tu post sobre el museo judio, sobre el holocausto y los cielos grises de Berlín, he vuelto a estar con tita Rosa en el bunker y ya sé quienes eran esos rusos.
Alf Mota

http://www.yasminlevy.net/

No lo percas! en la Synagoge Rykestrasse, Berlin, el 2 de sept, a las 20h, concierto de Yasmin Levy.

Helen dijo...

alf, querida, gracias por tus palabras... nosotrxs sabems bien kienes son esos rusos, por suerte o por desgracia...

te kiero