sábado, 5 de septiembre de 2009

La mierda y Dios

Cuando tenía unos 6 años, cierto día fatídico mis compañeritas de clase me anunciaron que no podía ser atea: Dios, que estaba en todas partes, lo sabría y me castigaría por ello. Yo no entendía nada, y corrí con mil dudas a mi madre: ¿Cómo lo sabría si no existía?, ¿Pero y si tanta gente tenía razón y sí que existía?, y la peor, ¿cómo haríamos para comprobar si existía o no?. Mi madre me explicó que había gente que creía y gente que no, y que con el tiempo, yo habría de decidir qué postura adoptar al respecto. Me fui entendiendo menos... ¿qué tenía que ver que mi edad con la existencia de ese tal Dios?

Después de aquel día, me quedó la paranoia de que Dios me miraba. Así, cada vez que iba al baño y me sentaba sola sobre la fría tapa del water, examinaba con mirada obsesiva todos los rincones del baño buscando los ojos de Dios. Allí estaba sola, a salvo de la protección familiar, y Dios lo sabría y vendría a comprobarme su existencia y castigo. Así que me sentaba en la taza con las manos bajo los muslos y repetía en mi mente: "Dios no existe", "Dios no existe", "Dios no existe", hasta que me convencía y podía cagar.

Desde entonces, tengo la propensión inevitable de repetir, al menos una vez al día, "Me cago en Dios". Cosas de la genética...

2 comentarios:

Lubna Horizontal dijo...

jajajajajaja, sana praxis se llama

un besito
Diana

Oigres Led Séver dijo...

Esta historia es la que más me ha gustado en un buen rato que llevo por aquí, me trae recuerdos.