martes, 17 de noviembre de 2009

Páginas amarillas

Revisando artículos antiguos salvados de decenas de discos duros muertos, me encuentro con un comentario sobre el Tratado teológico político de Baruch Spinoza, publicado en 1670.


Es bastante improbable realizar una lectura apresurada de esta pieza de museo, pero cuando se es joven, lo improbable adquiere la substancia viscosa de lo real. Así fue cómo, a los veinte años, pasé una larga serie de horas oscuras al amparo de las releídas páginas de este tratado de ética en aquella biblioteca oscura y con olor a humedad atiborrada de libros de páginas amarillas.
La dictadura militar de Videla y sus seguidores habían prohibido hasta El Principito, pero nada sabía de la existencia de ese tal Spinoza, y mucho menos sospechaba que un Tratado teológico pudiera ser subversivo. Hay que darle muchas vueltas al pensamiento para llegar a una comprensión subversiva de la idea de que el mundo es Dios, pero cuando no hay pan, buenas son las tortas. 
 En aquella época turbulenta, nuestro tiempo se retorcía en bares y asambleas, el horno no estaba para éticas. Así nos fue... Encerrarse en una biblioteca a leer un tratado que explicara la existencia de Dios era peor que una herejía: un acto contrarrevolucionario imperdonable. 


Pero yo guardé mi secreto, e hice de aquel descubrimiento un viaje en el tiempo. Cobijada por una lógica geométrica que demostraba el sentido del Universo, su idea del hombre feliz me invadió de una sensación de seguridad, más allá de un sinfín de preguntas. Al releer el artículo, siento mi mirada ávida sobre las líneas confusas, el aire cargado de la biblioteca, las luces tenues.


En mi interpretación febril del texto del judío excomulgado y desterrado, puse a danzar juntos a Shakespeare y  Maquiavelo, a Nietzche y Etienne de la Boétie. 

Reproducir aquí todo el artículo sería más infame que explicaros mis devaneos polisexuales, y mucho más aburrido. Sin embargo, y antes de correr a currar, no puedo reprimir el deseo de despertaros con el Discurso contra la servidumbre voluntaria, o Contra el Uno, panfleto olvidado de Etienne de la Boétie que deberíamos leer cada día antes de acostarnos, para soñar con la libertad, o mejor, antes de ir a trabajar, para recordarnos la necesidad de la desobediencia.






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