domingo, 3 de enero de 2010

Jornadas Feminista de Granada



Acabo de leer un excelente artículo de Lola Robles sobre las Jornadas feministas en Granada. De las escasas crónicas que había leído sobre el encuentro, esta es por lejos la más interesante. Lola hace un resumen crítico sin dejar de posicionarse sobre cada uno de los temas que saca a relucir, y pone sobre el tapete la cuestión para mí más importante sobre la situación del feminismo en el Estado español: el debate entre distintos puntos de vista sobre la definición del sujeto del feminismo.


Este dilema se viene planteando desde ya hace unos diez años desde posturas más radicales distanciadas  del sujeto mujer reivindicado por el feminismo de hace 40 años. Estas posturas, llamadas "queer" para terror de hispanoparlantes, sostiene que el mundo ha cambiado. Y con él, nuestras maneras de amar, pensar y comunicarnos. "Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos", escribió Neruda. Por ello plantea un cambio de paradigma: un nuevo sujeto está en las calles y aúlla por su libertad. 


Como todo cambio radical, la teoria queer fue mirada de reojo y con muecas de asco desde más de una trinchera. Pero siempre he pensado que chillarse unas a otras a ver quién es la más feminista es, por decir algo, una pérdida de tiempo. Está demasiado cercana a la práctica del "A ver quién es el más macho aquí". 


Creo erróneo el considerar las teorias queer como nacidas en las universidad y los centros de producción de conocimiento. Lo que han hecho activistas queer es aprovechar la estructura de la Academia para sacar a relucir el gran potencial político del transgenerismo. 


Es cierto que muchas de estas posiciones necesitan de un esfuerzo de traducción permanente, pero ya se sabe que el camino de creación del lenguaje no es fácil, y que la traducción es un eterno juego de traiciones. Pero vale la pena. Al menos, así lo veo yo.


Por eso el artículo de Lola me ha alegrado la mañana. No es un grito de perra en celo, ni desde el feminismo abolicionista ni desde el transgenerismo más radical. Es un intento de poner a conversar distintos puntos de vista formados en la lucha contra el patriarcado y la opresión del binarismo de género. 




Por otro lado, me gustaría comentar algo que me viene removiendo el estómago desde hace mucho. 
Lo que más me ha llamado la atención de las crónicas de Granada es su aturdimiento sobre el tema de la prostitución. El artículo de Mónica Ceberio publicado en El País así lo constata: 


De más de 100 ponencias, ninguna ha versado sobre uno de los mayores problemas que asola nuestras calles porque el debate sobre la prostitución está tan enconado que no permite hablar tranquilamente de la lucha contra el tráfico de mujeres. La mesa redonda sobre prostitución se saldó con una bronca monumental entre las ponentes, defensoras de reconocer derechos a las prostitutas, y unas asistentes abolicionistas que defendían que todas son víctimas. Nadie habló a fondo de los matices de la historia, de la grave vulneración de derechos humanos que supone la trata y de la forma de combatirla. Es un tema complicado que, al final, siempre queda al margen.
No entiendo la necesidad de poner un signo de igualdad entre prostitución y "tráfico de mujeres". Lo primero que deberíamos hacer es distinguir entre los términos. El argumento que sostiene que todo tipo de prostitución es opresora sobre la mujer porque nadie puede escoger vender su cuerpo es tan absurdo como sostener que elegimos libremente y por gusto vender nuestra energía, nuestro tiempo, nuestra manera de pensar, nuestra experiencia y, cómo no, nuestros cuerpos al sistema de trabajo postfordista. Yo me vendo por obligación, no por elección. Cuando he elegido no venderme he acabado mendigando, y no sé qué es peor. Mi único terreno para la elección es configurar yo misma el producto que pongo en el mercado, luchar por un precio aceptablemente justo y establecer un código de dignidad inamovible. ¿Qué diferencia hay entre mi forma de venderme en el mercado y la de una trabajadora sexual? ¿Estoy menos expuesta a la violación física, intelectual y/o emocional que una trabajadora sexual? Debo reconocer, no sin resignación, que no. Peor aún: no cualquiera tiene la fortaleza de una trabajadora sexual. 

Repito que es mucho más liberador buscar puntos de encuentro para el debate y la creación de estrategias políticas que estrellarnos con férreas afirmaciones sobre lo que debe y no de debe hacer alguien con su cuerpo. La liberación del cuerpo de la mujer del control del patriarcado es una de las principales reivindicaciones de la lucha feminista, no lo olvidemos. Charlemos pues, escuchemos a las trabajadoras sexuales, acompañémoslas en su lucha por sus derechos, aprendamos sus trucos milenarios. Y si a pesar de todo seguimos pensando que lo único bueno que se puede hacer con el trabajo sexual es abolirlo, recordemos que la abolición de la esclavitud jamás acabó con la esclavitud, más bien reforzó sus sistemas  haciéndolos más sutiles y difíciles de identificar. 

En el fondo, tristemente digo que el desencuentro dentro del feminismo sobre el trabajo sexual está demasiado contaminado por el miedo: miedo a la sexualidad, miedo al placer, miedo a la libertad, terror al poder que puede llegar a tener una mujer que es capaz de negociar con los hombres el precio del placer desde una posición de poder. 


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