domingo, 1 de agosto de 2010

Namenlosen

Escribir ayuda a vivir, pero a veces se está demasiado entretenida viviendo como para escribir.

Hay dos relatos que se me escaparon estos días entre los dedos presurosos por seguir tocando. Uno era el del taller de Violencia Rivas.Otro, un viaje a Portbou. Aquí va:



Schwerer ist es das Gedächtnis der Namenlosen zu ehren als das der
Berühmten. Dem Gedächtnis der Namenlosen ist die historische Konstruktion
geweiht. 
Walter Benjamin, G.S. I, 1241

                                                        (Es tarea más ardua honrar la memoria de los seres anónimos que la de las personas célebres. La construcción histórica está consagrada a la memoria de quienes han perdido el nombre.)


Walter Benjamin era un judío berlinés que vivió y pensó antes de la Segunda Guerra Mundial. Escribió que la tarea de la filosofía es convertir en conocimiento los indicios de su tiempo, “elaborar los fundamentos epistemológicos de un concepto superior de experiencia”.

En una época en donde la heterodoxia era motivo de sospecha, Hanna Arendt dijo de él: “Su erudición era grande, pero no era un especialista; el motivo de sus temas comprendía textos y su interpretación, pero no era un filólogo; se sentía poderosamente atraído no hacia la religión, sino hacia la teología y al tipo teológico de interpretación por el cual el texto mismo es sagrado, pero no era ningún teólogo y no estaba interesado particularmente por la Biblia; fue el primer alemán en traducir a Proust y tradujo a Baudelarie, pero no era traductor; hizo reseñas de libros y escribió varios ensayos sobre escritores, pero no era un crítico literario…”

Mi primer lectura de Benjamin fue en 1986. Le sentía cercano, más contemporáneo que el idiota de Fukujama, más entrañable que los bordados de Foucault. Me lo imaginaba escribiendo en pequeñas habitaciones silenciosas con ventanas desde las que se adivinaba el mar, siempre con las gafas redondas, siempre solo, con la preocupación ancestral de encontrar la verdad entre los escombros de una civilización infame. Así como Violencia Rivas anticipó el punk en Argentina, Walter Benjamin anticipó la postmodernidad entre las bombas europeas.

Los nazis fueron a por él. Intentó unir su destino al de sus colegas de la Escuela de Frankfurt, pero, quizá por rechazar un futuro prestado, quizá por el deseo de abandonar un pasado robado, decidió morirse en un pueblecito de la frontera franco-española.

Walter Benjamin vivió una vida digna de ser imitada y escogió una muerte deseable. No se casó con ninguna doctrina ni disciplina y se fue arropado por una sobredosis.

Desde que vine a Barcelona quise pasar un día en el lugar en el que Benjamin decidió su muerte. Pasé largas temporadas en Colera, a diez minutos de Portbou, pero nunca encontré la persona adecuada para compartir esa emoción inventada. Hasta hace unas semanas, concretamente el día del final de la copa del mundo.

Hacia allí nos dirigimos, mi Namenlosen y yo, después de desayunar martinis y boquerones, atravesando los vapores del alquitrán con la ayuda de Lhasa de Sela. Pasamos todo el día leyendo los pasajes seleccionados durante años de una compilación de escritos editada por Planeta-Agostini en 1986, mi primer libro de Benjamin y el único de él que conservo. Cuando la emoción no nos dejaba leer más,  íbamos a un chiringuito en la costanera a tomar martinis.

No vimos nada más de Portbou que el Memorial, el chiringuito y la vista desde la cala. Volvimos cuando acabó el partido, ya sin Lhasa y atosigadas por cientos de naves espaciales con cuatro ruedas ansiosas por llegar a casa para ir a trabajar el lunes por la mañana. Necesitamos unos cuantos días para recuperarnos: las emociones cansan más que correr detrás de una pelota…


La que sigue es la novena tesis de las 18 Tesis sobre la filosofia de la Historia, que Benjamin creó a partir de una alegoría del Angeles Novus de Paul Klee.

Tengo las alas prontas para alzarme,
Con gusto vuelvo atrás,
Porque de seguir siendo tiempo vivo,
Tendría poca suerte.
Gerhard Scholem: Gruss vom Angelus.

“Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.”

4 comentarios:

Lubna Horizontal dijo...

"ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso", alucinante, gracias nena, jamás me sentaría a leer a Benjamin si no fuera porque gente como tú, que sí se sienta a leer, deja estos rastros.

un besazo,
Diana

klau dijo...

Las plantas crecieron en el suelo y en el mar, las bestias corrieron por la tierra y nadaron en el mar,
pero los hombres no despertaron. Eran treinta y nueve hombres. Durmieron en el hielo y no se movieron.
Luego las tres formas de hielo se agacharon sentándose en cuclillas y dejaron que el sol las fundiera.
Se fundieron como leche, y la leche entró en las bocas de los durmientes, y los durmientes despertaron.
Esa leche la beben sólo los hijos de los hombres y sin ella no despiertan a la vida.
El primero en despertar fue Edondurad. Era tan alto que cuando se puso de pie hendió el cielo con la
cabeza, y nevó. Vio a los demás, que despertaban y se movían, y les tuvo miedo, y los mató uno tras otro a
puñetazos. Mató así a treinta y seis. Pero uno de ellos, el penúltimo, escapó corriendo. Lo llamaron
Haharad. Lejos corrió Haharad por la llanura de hielo y sobre los campos, Edondurad corrió detrás y al fin le
dio caza y lo golpeó. Haharad murió. Luego Edondurad volvió al sitio del nacimiento en el Hielo Gobrin,
donde yacían los cuerpos de los otros, pero el último había desaparecido. Había escapado mientras
Edondurad perseguía a Haharad.
Edondurad edificó una casa con los cuerpos helados de los hermanos, y esperó dentro de la casa el
regreso del último hermano. Todos los días uno de los cadáveres hablaba diciendo: —¿Arde?¿Arde? —Los
otros cadáveres decían con lenguas heladas: —No, no.
Luego Edondurad entró en kémmer mientras dormía y se agitó y habló en sueños, y cuando despertó
los cadáveres estaban todos diciendo: —¡Arde! ¡Arde! —Y el último hermano, oyendo esto, entró en la casa
de cadáveres y allí se acopló con Edondurad. De estos dos crecieron las naciones de los hombres, de la
carne de Edondurad, del vientre de Edondurad. El nombre del otro, el hermano más joven, el padre, no se
conoció nunca.
Todos los niños que nacieron de los dos hermanos llevaban un pedazo de oscuridad que los seguía a
todas partes a la luz del día. Edondurad preguntó una vez: —¿Por qué una sombra sigue así a mis hijos?
—Su compañero de kémmer respondió: —Porque nacieron en la casa de la carne, y así la muerte les
pisa los talones. Están en la mitad del tiempo. En el principio había sol y hielo, y no había sombras. Al final
de los tiempos el sol se devorará a sí mismo y la sombra devorará la luz, y entonces no quedará nada sino
hielo y oscuridad.

un mito orgota de la creación
Ursula K. Le Guin

klau dijo...

namenlosen 4U

HelenLaFloresta dijo...

snif... acabo de llegar y me encuentro con Edondurad por Namenlosen... qué bien...