sábado, 21 de agosto de 2010

Otra vez aquí



Lejos ya del mar y de mis aventuras robinsonianas, mis huesos descansan en un colchón maravilla de la sociedad del bienestar. Todavía de vacaciones, me muevo entre la planificación, el goce y la tecnología.
Lo primero que hice al llegar a casa fue fumarme un porro y charlar con mis amigas, es decir, lo de siempre. Luego fui a dormir. Desperté a las 8 de la mañana, dejando la espalda con ganas de más confort, y me abalancé sobre el ordenador con los ojos hinchados. Así estuve hasta más allá del atardecer. 
Después de revolcarme durante dos semanas sobre el cadáver pestilente de la postmodernidad, habiendo estado durante quince días habitando un no tiempo con necesidades básicas mínimas, volví desvergonzadamente a mi cotidianidad. Fácil ignorar que no necesito estos artilugios, ni ganar dinero, ni crear, ni nada. Difícil reconocer mi inutilidad en tanto ser humano, y dejar de engañarla con tareas pendientes y proyectos de vida. 
No ser, estar, respirar sin el deseo como impulso vital, requiere de unos parámetros con los que no sabemos lidiar. Sabemos ser hombres-y-mujeres-de-nuestro-tiempo. Aunque no sepamos qué es el tiempo y ser hombres y mujeres sea una clasificación miope de la humanidad.