domingo, 3 de octubre de 2010

Beatriz Preciado y cannabis: dos drogas duras


Soy una entidad biotecnológica del siglo veintiuno. Me gustaría,  y así me engaño cotidianamente, desear, pensar, amar, odiar, como humana. Mente y cuerpo unidos pero cada uno manteniendo su pretendida entidad: alma y órgano, pensamiento y acción, deseo y consecución.  Pero no puedo evitarlo: soy una subjetividad construida por los tiempos que habito. Y eso no puedo cambiarlo. Puedo resistirme, y de hecho lo hago, pero es una tarea muy ardua y bastante frustrante.
Estoy todavía convaleciente. Hace un par de semanas estaba durmiendo en un hospital. Todavía tengo las venas marcadas por las agujas transmisoras de la farmacopea que el sistema utilizó para salvarme la vida: antibióticos, antiinflamatorios, antipiréticos, analgésicos.
Cuando salí de allí, me dí cuenta de que por una vez podía cumplir con un deseo largo tiempo postergado: pasar las noche sin estar colocada, al raso, recuperar los sueños no contaminados por ninguna sustancia más allá de las que mi propio cuerpo fuera capaz de producir, levantarme por la mañana descansada, sin esa sensación de haber luchado durante toda la noche contra el despotismo de un cerebro híper-estimulado. La disciplina hospitalaria, que no contempla la posibilidad de que sus pacientes consuman algún tipo de fármaco ilegal, y un riñón infectado que no tolera el alcohol, me dieron la oportunidad de cumplir aquel sueño.
Contrariamente a lo que suponía, la cosa no me resultó difícil. Lo atribuí al hecho de haber pasado el mono en el hospital, estupidizada con substancias legales. Sólo al saborear ciertos manjares moría por tomar un vaso de vino tinto. Así que dejé de comer jamón y me aboqué con entusiasmo al veganismo. Romper hábitos, que se dice.
El no fumar marihuana me proporcionó sueños tangibles, espesos, con una intensidad completamente olvidada, imposible de comparar a la sustancia onírica provocada por el THC. Eso me gustó. Me deleito todas las mañanas con el recuerdo de personas  que creía olvidadas retozando entre los pliegues de la almohada. Las sábanas amanecen enredadas de esa comprensión que sólo es posible gracias a sueños capaces de resolver esos acontecimientos que enterramos en baúles a doble llave.
Pero ayer me despertó un sueño en el que me ofrecían un buen porro, sin tabaco. Salté de la cama y me puse a escribir. Paso del sueño, me dije. Tenía mucha energía, por primera vez en dos semanas. Eran las 6:30 de la mañana. Estuve escribiendo hasta las 10.30. Me duché y salí a comprar el diario. Al ver los titulares, decidí quedarme sólo con la Babelia y regarle el resto al Negro.
Fui a su casa. Él estaba feliz de que mis ganas de ir a dar una vuelta me llevaran hasta su casa. Tomamos rooibos. Charlamos como viejos amigos. Me sentí un poco cansada y volví a casa.
Esperaba a la Diana y su trup. Me puse a cocinar. Sopa de miso y cebollas del huerto. Verduras con canela y hierbas. Arroz integral con cúrcuma. Comida sana. Estuve dos horas cocinando mientras escuchaba, por primera vez desde que estaba enferma, música electrónica. IDM. Algo estaba cambiando, la bestia estaba despertando y yo ultimaba los preparativos con esmerado cariño.
Acabé de cocinar y el morbo me llevó al ordenador. Abrí uno de los correos, el que sólo utilizo para comunicarme con mi amante, y allí estaba el detonador. En una bomba, el detonador es sólo una pequeña parte, pero sin él la bomba no tiene sentido.
(aquí van muchos párrafos que he eliminado para no herir sensibilidades…)
 Prótesis diabólica, pieza clave del pantojismo, que debería usar como dildo y no para intentar comunicarme

Me siento impotente. Me veo como una filigrana de razones académicas y políticas, una sintomatología de un sistema híper-complejo, enfrentada a un ser que cristaliza todas esas razones, encarna todos los síntomas pero no tiene ni idea de lo que estoy hablando.
La impotencia no me sienta nada bien. Empiezo a desesperar. Lloro con angustia. Esto va mal, muy mal. Dejamos la conversación por imposible. Sé que se aproxima el vendaval. Corro al armario a coger la bolsa de las drogas. Le había atado a las asas la pulsera que te ponen en los hospitales cuando te ingresan, para recordarme que estaba convaleciente si me daba algún ataque.
Pero ni veo la pulsera cuando cojo la pipa con las manos temblorosas. Coger el mechero me hizo dudar con culpa, pero la aparté de una hostia. Me siento en la cama, lleno la pipa hasta el borde, enciendo, inhalo. Caladas profundas. Me da un acceso de tos. Tan profundo como las caladas. Empiezo a andar por la casa mientras toso. Recuerdo lo que se hace cuando las drogas inundan tu sangre y te hacen perder el control: no intentes hacer nada, déjalo entrar, déjalo ser. Funciona, como siempre.
Me siento en la cama a mirar el bosque por la ventana. Serenidad. Amplitud. Soy parte del universo y no su centro. Nada es tan importante. Los músculos no pesan, son materia viva que puede desplazarse sin dificultad. Espero relajada el momento de comprensión. Ese en el que todo se ordena y tiene un sentido explicable, aunque a mí me da igual porque ya he aceptado que no soy yo quien actúa: es una subjetividad moldeada por un sistema que escapa a mi comprensión. Ahora sólo se trata de recuperar el sentido de responsabilidad y exteriorizarlo: he hecho esto, he dicho aquello, por tal y cual motivo.
Aunque sé que lo que está pasando es que sólo puedo fluir con seres inadaptados, concientes del control, sabedores de que se drogan porque si no matarían, que son parte del sistema y por eso se rebelan: porque no se puede estar fuera ni dentro, porque no se puede escapar, porque nos atraviesan las mismas angustias y pérdidas, porque sufrimos la fragmentación y la arrastramos en nuestro nomadismo.
Le llamo y le digo que estoy mal y que se me va la olla. Que entiendo su cansancio y su confusión, el que no sepa relacionarse conmigo por no saber qué tiene que hacer. Que me ha cuidado todo este tiempo y eso confunde la ecuación (cuando no se ve la vida como una lucha constante por adaptarse al cambio, pero esto último no lo digo). Entonces me pregunta que qué quiero que me suba. Nada, por favor, sal, diviértete, haz tu vida. Adiós. Un beso. Adiós. 
Paso página. He vuelto a fumar y quiero disfrutarlo. Pasa un tiempo indeterminado en el que no sé bien que hago. Da igual. Miro el reloj y me parece que han pasado horas, pero son sólo minutos. Recuerdo que en breve me atacará un hambre feroz. Vuelvo a la cocina. Antes de que sea incontrolable, decido que tomaré un bol de sopa. Sólo uno.
Mi amante me llama al móvil. Me pregunta, con voz vencida, si puede venir. No, ahora vendrá la Diana. Ahora ya no. Vale, adiós. Adiós. 
Gozo descontrolada de la gran paja que estoy haciendo al cerebro. Ese órgano despótico sabe lo que quiere: está moldeado a imagen y semejanza de la Bestia. Imágenes, consumo rápido y fácil, trabajo agotador e inútil, desplazamientos permanentes, más imágenes, conversaciones interrumpidas, experiencias fragmentadas, sustancias, muchas sustancias : enteógenas, psicotrópicas, legales, ilegales, letales a corto o largo plazo, estimulantes, conservantes, colorantes, edulcorantes, sucedáneos: todo lo deglute el cerebro y lo transforma en placer.
Estando limpia de toxinas, consumiendo sólo antibióticos y manjares veganos, tomando infusiones sin ningún tipo de aditivos, la vida es vivible sólo en el suburbio. Aislada. No había podido ni leer tres titulares del periódico. Estar más de diez minutos con alguien con quien no establezca un tráfico de fluidos se me hace patológicamente insoportable. Flujos de comunicación, comprensión y asimilación. O soledad total.
La marihuana me abre las puertas a otra comprensión. Ahora puedo estar en el mundo. Me miro al espejo y tengo los ojos enrojecidos. Estoy colocada. Mucho. Puedo ir en coche hasta la estación. No tengo miedo de encontrarme con nadie. Puedo moverme por el mundo sin temor. 

Traigo a las niñas. Sé que tengo la mirada enrojecida y estoy rara. La última vez que me vieron estaba chillando doblada en dos en una camilla. Les explico que he pecado, pero que como soy atea puedo permitirme esos lujos. He fumado, digo, y estoy recolocada. A ellas, por supuesto, les parece de lo más normal.
Llegamos a casa. Estoy sobre excitada. Un encuentro deseado con seres amados. Todo fluye. Me siento en mi lugar. Es decir, siento que tengo un lugar en el que encajo cómodamente. Me puedo relajar. Grito. Gesticulo. Discuto. Río a carcajadas. Explico porqué no quiero fumar marihuana, aunque acabe de hacerlo. Siempre nos justificamos así. Está bien. No tiene mayor importancia. Compartimos. Me siento feliz. Y sigo fumando. Sólo marihuana, sin tabaco. Me entra una tos convulsiva cada vez. Pero da igual.
Cae la tarde. Estamos cansadas. Ellas se van. Nos despedimos. Las amo. Me aman. Entro a la casa y recojo un poco. Todo vuelve a estar como antes. Pero yo no. 
Ya no soy una convaleciente fuera de lugar, aislada porque no puede relacionarse con el mundo. Para recuperarme de mi debilidad, había separado interior y exterior, mundo y persona. Y eso, para una freak, es muy duro de llevar. Es un punto de vista equivocado: no estoy fuera de nada porque no hay un afuera y un adentro. Pero necesité de la marihuana y de mis perras para recuperar esa convicción.
Así que me hago un porro. De los míos. Con tabaco y para fumar en la cama. Dudo un instante. Pero sé que no puedo con un puro. Quiero recuperar esa sensación. Doy una calada. Me da muchísimo asco. El tabaco es una toxina tan fuerte que, cuando la abandonas, se te vuelve odiosa. ¿Te pensabas que podías pasar de mí, hija de puta? Ahora te vas a enterar. 
Supero el asco y decido fumármelo hasta el final. Sobre todo, porque no quiero verlo mañana en el cenicero. Mi plan era dejarlo todo y reservar la maría para las grandes ocasiones. Hoy ha sido una gran ocasión. Y punto. 


Me lo fumo. Me duele la garganta. Empiezo a leer Testo Yonqui. Me doy cuenta de que mi vida cambiará a partir de este libro, que habrá un antes y un después. Que no habrá marcha atrás.
Conocí a Beatriz Preciado hace muchos años. Ahora es Beto. Ha cambiado mucho, pero mi admiración y fascinación hacia esta persona ha ido en aumento. No sólo por su lucidez intelectual y su fuerza combativa, por su valentía y su temeridad. Creo que sobre todo me fascina por las transformaciones que ha provocado siempre en mi devenir. Los giros inesperados que ha propiciado sólo porque me permitía saber que había otro lugar adonde ir.
No sé si he conseguido decírselo alguna vez. Su cercanía se me hace indispensable. A pesar de esto, no me siento cómoda en la relación. No sé cómo explicarle lo que significa para mí: detonador, iluminadora, guía, conciencia de colectividad. Aunque ella prefiera estar sola en casa con su novia, supongo que para nosotras es algo así como Maradona para quien no puede entenderse sin el fútbol: la encarnación de una posibilidad, la honestidad de una lucha, el sentido de una colectividad. Beto me acompañó en muchas luchas, y hoy está aquí conmigo en esta.
Leo el Testo Yonqui. El régimen farmacopornográfico. Avanzo por las páginas con avidez. Todo se mezcla en mi cuerpo: los sueños provocados por la lectura; la tarde con mis perras ; la reintroducción del THC en mi sistema nervioso; la comprensión de que soy un sujeto cannabis; el deseo de rebelarme contra ello; la necesidad de mi cuerpo convaleciente de entrar en estado de reposo; la conciencia de que esto hoy ya no será posible porque estoy pajeándome el cerebro y ese no se contenta con una paja de andar por casa.
Me vence el sueño. Doy mil vueltas. Tengo mucho calor. Estoy sudando. Mucho. No tengo fiebre, pero el cuerpo arde. Me quito una a una las mantas. Caen las almohadas. Suena el despertador. Ya son las 8, pienso. Qué mal estoy durmiendo. Pero son sólo las 12. Hora del antibiótico. Lo tomo, pongo el despertador a las 8 y sigo durmiendo. Estoy recolada, pienso.
Me despierta una pesadilla: tengo que coger un avión a Argentina, estoy en casa y sólo falta una hora para que salga el avión. Voy en coche al aeropuerto. Lo aparco. Cuando estoy subiendo las escaleras me doy cuenta de que el coche no puede quedar en el parking un mes. Es desesperante. Detrás de este absurdo se esconde un deseo frustrado. No quiero / sí quiero ir a Argentina.
No lo soporto y despierto de un salto. Estoy empapada. Me levanto a mear. Intento volver a dormir. No puedo. Pasa el tiempo. Enciendo el móvil. Son las 4.38 AM. Cojo el Testo Yonqui. Sigo leyendo. 

Beto comienza a follarse a V.D. Los personajes, aunque reales, son para mí personajes. No son las personas que conozco. Son seres en un momento determinado de sus vidas, la fotografía de un momento de su devenir que desconozco. Una novela. Me gusta. Empiezo a sentir el irrefrenable deseo de tomar testosterona. Ahora mismo. O mañana, cuando se me pase el colocón. Eso me quitaría esos momentos de angustia por no encajar, por no querer relacionarme desde el lugar de la víctima. Con testosterona ya no existiría ni atisbo de victimismo: me lo comería con patatas. Nadie se atrevería a compadecerme.
Mucha gente me tiene miedo, pero no el miedo que inspira el macho, sino el de no estar a la altura de una vagina capaz de tragárselo todo. Quiero inspirar otro tipo de miedo. Quiero ser una polla capaz de follarse a todos los chochos húmedos del mundo. Que se abran a mi paso con ganas de que les penetre sin piedad, sin temor a que no les trate con enamoramiento, como me pasa desde mi condición de mujer. No quiero enamorarme. No quiero crisis de nervios. No quiero esperar. Quiero penetrar, dar miedo morboso, no inspirar piedad. Quiero testosterona.
Me duermo otra vez. Entonces los sueños comienzan a actuar como muñecas rusas. Estoy en mi casa. Quiero masturbarme. Llaman a la puerta. Hay un estruendo de ladridos: corro las cortinas sin atreverme a abrir. Hay dos, tres, cinco, nueve dóbermans en el patio y la calle. Están enloquecidos. No tengo miedo. Sólo estoy fastidiada porque así no puedo masturbarme.
Soy conciente de ese sueño. Doy vueltas. Sigo sudando. Empieza otro. Estoy en un dormitorio que es también mi cocina. Hay dos camas individuales. ¿Dónde está mi cama doble? Pero hay un balcón. Quiero masturbarme. Unas voces me llaman desde el balcón. Me asomo medio en pelotas. Dos parejas de heteros me preguntan si conozco a un tío que vive en el barrio que es un gran activista social. No, les digo. Sólo quiero que se vayan y poder hacerme una paja. Pero las mujeres saltan a mi balcón e insisten. Tienes que conocerlo. Si fuera famoso, sería Fidel Castro. Entonces recuerdo que tengo el coche en el parking del aeropuerto. Otra vez no, desespero. Me despierto. Doy vueltas. Cojo el vibrador. Intento masturbarme pero estoy medio dormida.
Los conceptos del Testo Yonqui bailan un vals enloquecedor entre mis sábanas mojadas. Veo a mi cerebro como la vagina que es un pene invertido que sale en el libro de Laqueur (ver foto). Mi cerebro-vagina quiere tragárselo todo. Ahora le sale un dildo gigante en la frente. Quiere penetrar todos los agujeros lubricados del mundo a la vez que ser follada por todas las pollas del mundo. Sigo sudando.



Suena el despertador. El antibiótico de las 8. Sigo durmiendo. Despierto a las 9.30 con una resaca de las de siempre. Eso no ha cambiado. Los ojos hinchados. Está bien. Soy una subjetividad del siglo veintiuno: farmacopornográfica, con el deseo contaminado, que no puede ser sino protésica.
Recuerdo el consejo del médico: pots divertir-te amb moderació. Sí, senyor, en eso estamos, en eso estamos….
Hoy comeré lentejas, verduras y arroz integral. Iré un ratito al bar a ver a mis amigas. Pero no fumaré. Ni mañana, ni pasado, ni el otro. El THC es una droga dura. Me sienta muy bien, sobre todo el saber que existe un tropos al que puedo volver. Pero no es una isla en la que pueda vivir. Si acaso, ir de vacaciones de vez en cuando. 
Beto Preciado
No me importa: siempre nos quedará el Beto, ese filósofo de Burgos con la espalda levemente inclinada hacia adelante que adora lanzar bombas a la normalidad. 

3 comentarios:

Diako Detektive Kosmonauta dijo...

He estado leyendo fragmentos del Testo Yonqui, recuerdo la primera vez que lo abordé terminé soñando cosas raras y soñaba que leía desaforadamante esas letras...
Pero ese Testo Yonqui con tu texto son cosas demoledoramente sugestivas, qué cantidad de imágenes que transitan en mi ser con esta lectura
Me has iluminado oscuras regiones olvidadas de mi hacer creativo

Autolísica dijo...

Bonita subimos a verte cuando kieras y sobre todo kuando necesites retomar contacto con tu realidad...esto es sólo un paréntesis cargadito de drogas legales, las realmente duras...
Estarías colocada cabrona pero guapísima y olé...
muaaaaaaaaaaa

HelenLaFloresta dijo...

Detektive Kosmonauta, seguiré publicando imágenes de Testo Yonqui, porque me está abriendo una comprensión de mis procesos hormonales que no sospechaba... me encanta cuando cro que estoy de vuelta de todo, y de repente algo me hace darme cuenta de que sólo era porque no había ido muy lejos...

autolística, hoy es un lunes duro, como si hubiera salido, aunque esta vez es porque he entrado.. besos mil, maricón!!