domingo, 24 de octubre de 2010

El miedo, sustituto de la acción

La dirigencia política reacciona frente a la desesperación popular traducida en rabia inyectando el virus del miedo a lo que no es puro. Mientras nos intoxicamos con sucedáneos, nos arruinamos comprando productos biológicos y follamos con quien encontramos en Facebook, el virus de la toxicidad nos va corrompiendo lenta e inexorablemente.

Se consideran saludables sustitutos y sucedáneos – café descafeinado, cerveza sin alcohol, relaciones sin confianza, política que es administración sin ética. Pero son tóxicas la inmigración, la juventud, las manifestaciones, las huelgas, las drogas, la carne, el estrés, la vecina, el jefe, tu mejor amiga. Todo lo que implique compromiso, ética, valor, honestidad, igualdad, justicia, libertad es visto como amenazante, desestabilizador de un sistema de valores en el que impera el oportunismo.

Frente a esta política del miedo nos blindamos, levantamos altas murallas y nos armamos hasta los dientes. Preferimos relaciones cordiales pero distantes, no contaminadas por la pasión. Votamos discursos políticamente correctos que tienen el mismo objetivo que las series de TV: atraer audiencia sin develar el contenido total para que nos den ganas de seguir mirando. Aunque luego no recordemos nada. Aunque sólo sea para pasar el rato. En este clima en el que la violencia lleva el traje de la normalidad, está mejor visto hablar sin decir nada que callar y escuchar; contratar a inmigrantes pero nunca invitarles a compartir la mesa; bailar flamenco y repudiar la etnia gitana.

Pero la pasión es como el agua: se cuela por todas partes y, si se la retiene mucho, acaba rompiendo diques y arrasándolo todo. Sobran ejemplos: desde la rabia que acaba de estallar en Lyon, Francia, a las larguísimas colas frente a Amritapuri, la gurú del abrazo, pasando por los huertos vecinales.

Los humanos son seres pasionales, entre otras cosas. En estos días en los que tanto se recuerda a Schopenhauer, a mí Shakespeare me resulta de una actualidad aterradora. Sentir o no sentir, esa es la cuestión.

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