lunes, 21 de febrero de 2011

Hablamos con el hijo sobre mis hermanos. El campo. La hacienda. Los créditos en dólares. Los gauchos. El éxodo a las ciudades. La vecina que se perdió en un pueblo de cuarenta casas y se quedó de pie llorando en una esquina. Mi madre que despotricaba contra un peón que, ante su extrañeza porque los tomates no crecían, le dijo: “¡Ah! Si los riega es otra cosa”. La bronca que me daba su desprecio ante lo que hoy llaman en USA la vida slow motion. Todo eso para intentar explicar una pelea. Y no lo consigo... Recuerdo a Ricardo Piglia y le digo que tendría que leer a Piglia para entender. Ahí es cuando se levanta y se va.

Yo me quedo con la duda de si hay una argentinidad definida por la literatura o si la argentinidad se reconoce cuando leemos. No distingo los contornos entre realidad y ficción, entre nuestra interpretación de la realidad y la creación de la realidad a partir de la literatura. Mi padre dejó la urbe y se fue al campo a vivir una ilusión. Así, cambió su identidad. He hizo que ocurrieran cosas que jamás hubieran ocurrido si no hubiera leído lo que había leído.

Un fragmento de Blanco nocturno, de Ricardo Piglia:

-La irlandesa. Mi padre tiene todavía su foto en el escritorio. Estaba fuera de lugar acá, esa mujer, como te imaginás, era demasiado arisca para convertirse en una madre argentina, andaba a caballo mejor que los gauchos pero odiaba el campo nuestro. “¿Qué shit se creen estos mierda”, decía… La culpa de todo es del campo, del tedio infinito del campo, todos dan vueltas como muertos-vivos por las calles vacías. La naturaleza sólo produce destrucción y caos, aísla a la gente, cada gaucho es un Robinson que cabalga por el campo como una sombra. Sólo pensamientos aislados, solitarios, livianos como alambre de enfardar, pesados como bolsas de maíz, nadie puede salir, todos atados al desierto, se largan a caballo a recorrer su propiedad, a ver si los postes del alambrado están sanos, si los animales siguen cerca de la aguada, si viene la tormenta; al atardecer, cuando vuelven a las casas, están embrutecidos por el aburrimiento y el vacío.  Mi hermano dice que todavía la escucha insultar en la noche y que a veces habla con ella y que siempre la está viendo. No podía seguir en este pueblo esa mujer. Cuando se fue embarazada, mi padre le hizo la vida imposible, no la dejaba ver a su otro hijo, decisión judicial, todos de acuerdo en castigarla. No la dejaba ver a Lucio, ella mandaba mensajes, ruegos, regalos, venía a la casa y mi padre la hacía echar por los peones y a veces le decía que lo esperara en la plaza y pasaba despacio en el auto y ella podía ver a su hijo que desde la ventanilla la miraba sin saludarla con ojos sorprendidos (…)
Cuando al final ella se escapó para siempre de este damned country, como decía, se fue a vivir a Dublín, donde trabaja de maestra y de vez en cuando recibimos una carta siempre dirigida a sus hjios, escrita en un español cada vez más extraño sin que nunca nadie le haya contestado. Porque los dos hijos no le perdonaron que los hubiera abandonado y eso los unió a los dos hermanos en el mismo dolor. Ningún hijo puede perdonar a su madre que lo abandone. Los padres pueden abandonar a los hijos sin problema, los dejan por ahí y no los vuelven a ver, pero las mujeres no pueden, está prohibido, por eso mi hermana y yo, si tenemos hijos, los vamos a abandonar. Nos van a saludar, paraditos en una plaza, los nenes, mientras nosotras pasamos en auto cada una con un amante distinto. ¿Qué tal?

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