domingo, 20 de marzo de 2011


En 1998, el pensador Jeremy Rifkin escribió:

"Tras más de cuarenta años de seguir sendas paralelas, las ciencias de la información y de la vida están empezando a fundirse, lentamente, en una sola fuerza tecnológica y económica. El maridaje de los ordenadores y los genes altera para siempre nuestra realidad, hasta los niveles más profundos de la experiencia humana. Estamos en las agonías del parto de una de las grandes transformaciones de la historia mundial. Nos esperan el ocaso de una gran era económica y los dolores del nacimiento de otra."


¿De qué hablaba Rifkin hace 13 años? De los bancos genéticos propiedad de multinacionales que almacenan los gérmenes de una futura sociedad eugénesica basada en la discriminación genética; de los efectos devastadores de los usos militares de la nueva tecnología y de la contaminación del planeta en búsqueda de nuevas energías; de la agricultura de interiores gracias a fertilizantes y semillas transgénicas y de los profundos cambios sociales que esto generaría; de la reproducción de las especies a través de la clonación y la replicación; de la redefinición de los conceptos de libertad, democracia e igualdad...




No es ciencia ficción ni discurso high tech, es nuestra rabiosa actualidad: el último tsunami y el peligro nuclear; las revoluciones árabes y los levantamientos del campesinado indígena; el Amazonas entero concentrado en bancos de genes y las terapias retrovirales y anticancerígenas; la invención de la memoria a través del consumo indiscriminado de información y la desaparición de la identidad del yo único.


Manifestación mujeres 8 de marzo en Yemen
 
¿Dejaremos de buscar signos de profecías mayas y de defender la biológicamente demostrada condición diferente de la mujer como entidad natural para discutir sobre el uso ético de la biotecnología? Este es el tema que debería estar en el número uno de los top ten de la agenda feminista del siglo XXI.

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