martes, 19 de abril de 2011

buenos dias y buenas noches

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Hubo un tiempo en que escribía un post por día. Incluso dos. Ahora apenas si abro el blog, no sea que me muerda.
Escribir posts es muy diferente a escribir novelas: hay una necesidad de comunicación inmediata, una novedad a comunicar, una urgencia resumible en tres o cuatro párrafos. Aislada como estoy de las novedades y las urgencias (bastante tengo con la sala de urgencias del hospital) escribir en el blog se me antoja deshonesto. Ni qué decir de un twit.
Y no es que no tenga novedades, sino que no se dejan decir en este lenguaje de inmediatez y olvido, de fragmentación y descomposición inmediata. Estos talleres que hago para trabajar el lenguaje me están comiendo el coco de buena manera....Siento que hablar, escribir, leer, tiene más que ver con el ritmo, con una música del tiempo, que con la comunicación de mensajes. Si no, que se lo expliquen a saqueadores del discurso: cualquiera se nombra feminista, revolucionario, anarquista, sin necesidad de serlo. Será entonces cuestión de prestar atención a la manera en que se habla sin dejarse seducir por aquello que se dice.   

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El miércoles pasado, para celebrar que mis antiguas contratantes (un instituto de investigación que ostenta el adjetivo "feminista") tuvieron que rendirse a la evidencia jurídica de que me habían despedido ilegalmente, decidí regalarme un par de libros (me ha costado años aceptar que el nomadismo puede ser amigo de la bibliomanía). Con la ilusión de estar pronto en sudamérica, me decidí por uno de Ricardo Piglia y una recopilación de cuentos de Roberto Bolaño, "Llamadas telefónicas".
Bolaño me sumergió en su universo durante tres días. Podía dejar de leer por momentos, pero eso no me alejaba de esa música de la vida que tan bien interpreta el chileno: cada uno de sus cuentos son vidas de personas comprimidas en diez, quince páginas. Imagínense vuestras vidas comprimidas en una cadena de sucesos más o menos banales, más o menos extraordinarios, puestos uno tras otro, explicados por un intruso que un día se cruzó en vuestro camino y decidió hacer de ese absurdo único que es una vida una sucesión de acontecimientos ordenados en una página en blanco.
Me pregunté porqué me gustaba tanto, porqué me provocaba esa escritura en donde la vida parece una excusa de la literatura. Entonces fue cuando dejé de leer y fui a hacer un recado. Me descubrí conduciendo rápidamente para volver lo antes posible a estar con ese texto, como si hubiera estado en plena tertulia con una amiga y se nos hubiera acabado el vino y hubiera salido corriendo a la gasolinera a por una botella. Y entonces sentí que la manera en que Bolaño explicaba esas vidas era como encontrarse con un moribundo en su lecho de muerte que se despide del mundo con el relato comprimido de su vida, sabiendo que su vida fue mucho más que eso, que no puede transmitir sus ilusiones, alegrías, pesares ni deseos, que no hay manera de poner en una hoja en blanco nada de lo vivido si no es una metáfora o un poema que nadie podrá leer de manera unívoca y lineal. Y que él no es un poeta sino un hombre viejo y cansado a punto de morir, y no tiene tiempo ni talento para metáforas ni para poesías, que sólo le queda escoger las vivencias más nítidas en su memoria, las que más impresionen a su oyente, las más fáciles de explicar, y aferrarse a ellas como si hubieran sido su vida. A pesar de eso, el relato como despedida encierra una verdad: el orgullo de haber vivido y la necesidad de comunicarlo.

Bolaño teje esta suerte de confesiones finales con un lenguaje, una manera de narrar que me hizo sentir el ritmo que sus personajes imprimieron a sus vidas, la música que tejieron hasta su muerte, la cadencia de sus vivencias. Y allí se escondía otra verdad: es muy fácil decir una cosa por otra, no lo es tanto cambiar el ritmo en el que se vive, porque no hay mentira capaz de alterar la música que creamos con nuestras decisiones. La mentira y la traición no nos hacen inmortales, sino despreciables. Por eso me gustaba: es tan difícil encontrar una verdad en la inmediatez,  la urgencia y la fragmentación en que vivimos... Todo es susceptible de transformarse en noticia, todo es información, todo es novedoso. Sin embargo, al final del día -o de la vida- poco recordamos, poco es importante, casi nada es narrable. Lo único verdadero en ese cansancio reconfortante del atardecer es la sensación de haber vivido, la canción que fuimos entonando durante esas horas y que da sentido a la vida.

Bolaño me mostró la otra cara de la mentira, la traición y la deshonestidad, como si fueran notas que ensucian el pentagrama, ritmos alterados, sonidos que pringan el silencio hasta hacerlo insoportable. ¿Qué explicará en sus últimas horas un moribundo que ha vivido engañando a sus congéneres? ¿Recordará los argumentos, los adjetivos, las diatribas? ¿O sólo tendrá silencio para compartir, un silencio que aturdirá sus neuronas cansadas como un jolgorio de fanfarrias?

2 comentarios:

mono magnético azul dijo...

enorme bolaño, no se puede sobrevivir a él, se te mete en las venas, su visión del mundo. empiezo a ver la literatura como una mera opinión de la realidad, opinar sobre la realidad que es tan inexplicable.
y amamos el ritmo, el sinsentido emocional, un placer doloroso...

Uyuyuy dijo...

Ahora veo cosas que no veia. Gracias