sábado, 30 de julio de 2011

Rebeldía y domesticación

- ¿Has visto alguna vez una yegua desbocada?
- No sé qué es una yegua desbocada
- Bueno, en algunos sitios, nombrar "yegua" a una mujer equivale a decirle "zorra". A los humanos les encanta llamarse con nombres de animales. Pero yo me refiero al animal.
- Ah.... ¿te puedes mover un pelín hacia la izquierda, que me tapas el sol?
- Claro... ¿Así?
- Perfecto
- Pues mi primo me contó que vio cómo en una hacienda ataban a la yegua que querían domesticar a un poste, y la dejaban allí luchando durante horas, con la cuerda tensa atada al árbol. La podías ver tironeando todo un día y toda una noche, y al amanecer verla casi rendida, la espuma de la boca teñida con sangre, las patas delanteras casi quebradas. Pero en cuanto un humano se le acercaba, volvía a alzar la cabeza y a tirar y tirar. Si consigues ponerle un freno en la boca a una yegua es tuya, pero has de saber que la rebeldía animal es mucho más poderosa y perseverante que la humana.
- Los humanos son unos cobardes
- Sí, lo son, pero también son hábiles domadores. Son capaces de controlar lo incontrolable
- ¿Cómo qué?
- Como el sexo, sin ir más lejos. Pueden practicarlo, teorizarlo, performarlo, abusar de él hasta el hartazgo y así, conseguir domesticarle. Es entonces cuando se cansan: pueden transformar por medio del abuso a un galgo que huye en un perrito faldero y hacer así de la más profunda emoción una burda rutina. Llegan a encontrar insulso el manjar más exquisito de tanto probarlo.
- Seres abyectos, los humanos...
- Ni que lo digas... ¿te apetece otra hormiguita?
- No, prefiero una rana, las hormigas me están empezando a caer un poco pesadas.

Fragmento de una conversación entre dos monstruos de Gila capturada al azar

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