sábado, 15 de octubre de 2011

Identidades, pajas y otras anticuallas

A finales del siglo XIX, la Medicina, la Iglesia y la Familia comienzan a preocuparse obsesivamente por  las consecuencias perniciosas de la masturbación. 
En aquella época, los avances de la industrialización llevaron a las ciudades a una masa campesina que convivía mucho más cerca de la aristocracia que nunca. Como el auge de la industrialización no fue acompañado por un aumento de las viviendas (aunque sí por una gran especulación inmobiliaria), surgieron enfermedades producto de infecciones que, la valentonada y cada vez más poderosa Medicina y los recientes descubrimientos de Pasteur intentaron combatir con la Higiene. Higiene física y espiritual, claro. La Medicina piensa, la Iglesia impone y la Familia ejecuta. 
La burguesía comenzó a imprimir el sello de la decencia en la vida cotidiana, marcando distancia entre la decadente y hedonista aristocracia y la masa plebeya y bruta del campesinado devenido proletariado. Las mujeres son relegadas al naciente espacio de lo privado, los hombres ocupan el espacio público. Las relaciones entre un género y el otro son restringidas a lo estrictamente necesario: la reproducción. De paso, se combate la plaga de la sífilis.  En este marco, la masturbación, prueba de que la satisfacción autónoma del deseo es posible, o mejor, prueba de que el deseo es posible, debe ser eliminada. El deseo es amigo de la sífilis, el libre albedrío, la libertad de la mujer y otras plagas; y es enemigo de la represión eclesiástica y el control de la población. Por tanto, el deseo es enemigo de la burguesía. 
Fue así como la intimidad, siempre bajo el omnipresente ojo divino, comenzó a transformarse en una necesidad: desde la cama individual hasta el (escaso) lavado corporal alejado de la mirada ajena. La delimitación del ámbito privado sentó los cimientos de las identidades: la necesidad de la individualidad frente a la masa campesina que irrumpe en las ciudades, la diferenciación frente al anonimato del proletariado. Con la intimidad y el individualismo nace la preocupación por el propio cuerpo y la mente: la introspección, la interpretación de los sueños, el cuidado del cuerpo y el alma, la construcción de un yo único.
El auge de los diarios íntimos, la correspondencia y los álbumes entre las clases burguesas corre paralelo al surgimiento de las teorías de identificación de criminales gracias al registro de las huellas digitales y al uso de la fotografía por la policía. Historias como la de "Orlando" nos muestran cómo antes las personas cambiaban de identidad como de traje, práctica que siguió en uso hasta entrado el siglo XX (como la historia del Ripley de Patricia Highsmith). Pero ahora ya no será tan fácil: hecha la identidad hecha la identificación, delimitado el ser pillado el individuo. 

Todo este cuento suena a antiguo, pero si así, entonces mi cama doble de uso individual apesta a rancio, lo mismo que mi DNI con chip incorporado, mi culo recién lavado y la normativa sobre escándalo en la vía pública. Nos regimos por unas leyes (morales y jurídicas) con un tufo a siglo diecinueve más fuerte que el de un coño de la época (se lo lavaban sólo después de la regla). Defendemos unas identidades y unas prácticas corporales nacidas en las mentes represoras de los hijos de la Inquisición. Tanta modernidad, tanto siglo veintiuno, y seguimos sin reconocer la importancia de la clase social en los yoes que creemos ser. El ciborg suena más a una canción proconsumo que a una realidad de los tiempos que nos corren. Eso sí, usamos una cantidad de gadgets precioooooooooooosos para distinguirnos. 

Nota: la foto es de un corset contra el onanismo (París, Biblioteca de la antigua Facultad de medicina), probablemente más efectivo que el recurso usado por las monjas de dormir con las manos a la vista. 

No hay comentarios: