martes, 4 de octubre de 2011

para mí, una ración de historia por favor

Dicen que quien la sigue la consigue, y aunque la frase rezume espíritu burgués – ese que dice que hay que esforzarse para conseguir lo que se quiere ya que, habiendo recursos, sólo es cuestión de currárselo – a mí me está funcionando. De cajón cae que he de reconocerme como burguesa, aunque advenediza, pero burguesa al fin. Así las cosas, y habiendo dejado de lado la cantinela de la precariedad que tan bien llena la boca de mis colegas de clase social, me dispuse a “seguirla” para bien “conseguirla”. Harta del mundo académico y mucho más del político, mundos en los que mi vocación, estudios y experiencia me abocaban en tanto investigadora social, y aburrida y decepcionada del mundillo literario, comencé a husmear por los terrenos del arte multimierda.
Como no sabía hacer otra cosa, uní los caminos de la investigación y la creación en uno solo y propuse una investigación inventada con tintes detectivescos ambientada en el Gijón de finales del siglo diecinueve que, gracias al Centro de Arte Laboral, adquirirá la forma de una narrativa sonora localizada en el cementerio de Ceares, El Sucu, en la ciudad asturiana. Además del placer que me da jugar a la investigadora y cargarme las asunciones de verdad absoluta que se arroga la ciencia, tengo la gran oportunidad de conocer la historia de la industrialización española que tuvo lugar en aquellos tiempos de la Primera República Española.
Sé que las escuelas del estado español no son amigas de enseñar de dónde venimos, cómo evolucionaron las ciudades hasta llegar a lo que son hoy día, cómo era la industria, cómo vivían las gentes, cómo hablaban, qué les preocupaba. Y la verdad, aunque no supiera nada de lo que pasa en las susodichas escuelas, no dudaría ni un instante de nuestra total ignorancia sobre los orígenes: se nota en el discurso político reformista del presente, en el que todo parece que acabara de nacer. Porque una de luchas que marcaron los finales del diecinueve fue la especulación inmobiliaria, de la que se beneficiaron las clases altas en detrimento de formas salubres de vida para las clases obreras. La necesidad de ensanche de las ciudades por la afluencia del proletariado a los centros urbanos llevó a la venta y recalificación de terrenos, la reventa revalorizada, la construcción barata para alquilar a familias obreras y llenar los bolsillos de sus patronos y propietarios de las fincas. En fin, una burbuja inmobiliaria que se aprovechó y explotó a las familias obreras.
Macedonio Fernández decía que todo está hecho, o el mundo fue inventado antiguo. Creo que esta frase es casi absoluta, así que no la comparto del todo, pero no hay duda de que la memoria histórica ayudaría mucho a frenar la especulación y la usura, a que la burguesía advenediza de estos tiempos recordásemos que nuestros antepasados ya cruzaron el mismo río y no cayésemos tantas veces en la misma trampa. 
Eso sí, fascistas, franquistas, nazis, militaristas y defensores de fronteras armadas e incorruptibles se preocupan mucho por el origen. Si hasta sus blogs más cutres dan lecciones de historia. 


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