jueves, 24 de noviembre de 2011


Cuando una se siente segura condenando las dentudas violaciones del monstruo a la integridad corporal y a la comunidad, la historia la fuerza a recordar que el vampiro es la figura del judío acusado del sanguinario crimen de contaminar las fuentes del germen plasma europeo, trayendo la epidemia del cuerpo y la decadencia nacional; que es la figura de la prostituta morbosa; de quien pervierte el género; de extranjeros y viajeros de todo tipo que arrojan dudas sobre las certezas de los auto-idénticos y bien-enraizados, con sus  derechos naturales y sus hogares estables. Los vampiros son las personas inmigrantes, las desubicadas, las acusadas de chupar la sangre de los auténticos poseedores de la tierra y de violar la virgen que encarna la pureza de la raza y la cultura. 
Es entonces cuando una, en una orgía de solidaridad con todas las oprimidas, se identifica firmemente con quienes están fuera de la ley y devinieron vampiros en las ardientes imaginaciones de destacados miembros de comunidades consideradas íntegras, naturales, orgánicas y verdaderamente humanas.

Donna Haraway, "Testigo_Modesto@Segundo_Milenio..."  

2 comentarios:

Volianihil dijo...

Comparto ese sentimiento. Y me hace gracia -no tanta en realidad- ese sentimiento de pertenencia pura a un lugar. Porque es falso. La mayoría de españoles, por poner un ejemplo que me es cercano, descienden de conquistadores, de inmigrantes, de gentes de otras tierras: romanos, vándalos, alanos, suevos, fenicios, visigodos, moros, judíos, etc.

HelenLaFloresta dijo...

ya, lástima que la mayoría no es quien escribe La historia, y sólo somos protagonistas de las historias... la pertenencia es a un lugar pero, sobre todo, a un tipo de sangre pura no contaminada por romanos, ni vándalos y mucho menos por judíos...